miércoles, 25 de septiembre de 2013

CARICIAS





Todo aquel
           incesante burbujeo que no se detenía 
     sino
 en la yema de los dedos y empezaba
          singularmente
        en la cintura de tus brazos.
Siempre más acá de lo cotidiano
 y más allá de los prohibido.
Acaso también la sonora cantilena de tu piel
                                        rozándome
como si fueras aquel que necesitaba 
                y no simplemente quien eras.
Dónde se detuvo el sonido
 y en qué lugar la indiferencia pasó a ser
 un silencio conocido.
Casi el único estante en donde tu caricia
                y la mía
    pueden sostenerse como si fueran

                      nuestras.

CIELO DE AGOSTO




   Los barriletes parecían atados al cielo como pájaros en libertad condicional. Los muchachos apostaban al ganador, mirando desde la vidriera del café que daba justo  frente al  baldío de " La Quemada".
   "La Quemada" era el parador de los pibes de Villa Santa Clara y, siempre en Agosto, el cura de la capilla organizaba una competencia de barriletes que culminaba con mate cocido y facturas para todos los asistentes, y un par de zapatillas para el ganador.
   A nadie le pasaba desapercibido el acontecimiento porque la gente se juntaba en el baldío, los chicos de la villa se mezclaban con los del pavimento, y el barrio adquiría el color de las fechas patrias. Ese domingo, el sol estrenaba la futura primavera con el ardor propio de los principiantes. La tarde empezaba a ensoñarse en aquella hora de la sobremesa en la que nadie se resignaba a hacer la siesta.
   Cada año, los barriletes trepaban  por una escalera invisible hasta acomodarse en un pedacito de cielo, pero hoy, que no había viento, se empeñaban en quedarse detenidos a mitad de camino para derrumbarse de pronto como un avión en una inevitable picada.
   La cosa se ponía difícil. Sin siquiera una brisa había que ser muy hábil para remontar los esqueletos empapelados y coludos. Los que ya lo habían logrado, tenían esa mirada característica de la vanidad de los triunfadores. Los otros intentaban carreritas, les alivianaban el peso, les ponían y les sacaban cola, discutían entre sí, pero muy pocos conseguían empinar sus cometas en el aire.
   Al cabo de empeñosos esfuerzos, uno a uno fue abandonando los intentos y se fueron sentando sobre las piedras para no perderse el espectáculo.
   Era fantástico mirar hacia arriba y ver pedacitos de papeles de colores prendidos con alfileres en una página celeste, como las figuritas de un álbum. Ningún barrilete se balanceaba, todos se mantenían alineados a la misma altura, detenidos por una especie de techo invisible que les marcaba la longitud del vuelo.
   ¿Cómo elegir un ganador? ¿Cómo repartir un sólo par de zapatillas entre doce?
   La gente empezó a juntarse en las esquinas. Las vecinas, que a esa hora salían a barrer la vereda, estaban apoyadas en los palos de las escobas, mirando hacia arriba.
   Los muchachos que habían apostado a sus favoritos, salieron del bar y se acercaron a los otros.
   Jamás había sucedido algo parecido: la inmovilidad de los barriletes le confería a la escena un aspecto fantástico; parecía que el viento se había detenido para siempre y que el cielo terminaba ahí nomás, en el extremo del hilo desovillado.
   El murmullo se fue acallando poco a poco hasta que el silencio creció como una caricia en las bocas, sostenido por el asombro.
   Por un instante, la tierra y el espacio se acercaron. Un burbujeo del aire se apelotonó debajo de nuestras axilas y de las suelas de los zapatos, y pujó hacia arriba, levantándonos suavemente. La distancia comenzó a crecer sin vértigo debajo nuestro y fuimos sintiendo cómo nuestros pies se alejaban del suelo e íbamos remontándonos, lentamente, hasta alcanzar casi la altura de los postes de luz.
   Cuando empezamos a rozar con nuestros cuerpos las colas de los barriletes izados, flotando en el espacio como estatuas voluptuosas, el borde de los techos y las terrazas, allá abajo, nos parecían acomodados como baldosas en una vereda gigantesca; y los jardines se iban achicando hasta perfilar pequeñas islas verdes.
    No sé cuántos éramos allá  arriba, pero creo que estábamos todos. Tampoco sé bien cuánto duró aquello, hasta que empezó esa brisa que movió el aire con un empujón hacia abajo  y fuimos descendiendo suavemente: los chicos con los barriletes en las manos, las vecinas con las escobas, los muchachos del bar y el cura, con el par de zapatillas debajo del brazo.
   No hubo ningún pibe que se llevara las Pampero, pero el mate cocido y las facturas alcanzaron para todos, porque nadie tenía ganas de comer ni de tomar nada.

   Nos quedamos hasta la noche en "La Quemada", mirándonos unos a otros, y esperando a que alguien se atreviese a decir la primera palabra.  

domingo, 22 de septiembre de 2013

Contemporaneidad




  
   Como una pirámide de fuego, algo en tu voz dice sabiduría de regiones inmemoriales. Códigos de peces blandos atados a la línea de los muros, promueven genealogías de otras glorias; destierra secretos hacia las regiones de los nombres.
   Efigie o tótem. Altura de distancia tendida en vertical. Escalera con llegada al vacío.
  Otra vez el enigma desasosegando diccionarios. Caminos de vikingos, rutas de rebaños nómadas anclándose en la latitud de la memoria.

   Buscar. Hallar el indicio de lo que no se encuentra.
   Y el pie con otra permanencia.

Pecado






PECADO. 

En esa calle
           el hambre
besó la boca de los cercos
y saltó
      de una mordida

sobre las frutas de otros patios.

sábado, 25 de mayo de 2013

Arañita

 

   García. Cuarta en la lista: Albacete, Barrios, Colozzi y García. Margarita García. Ojos de laucha flaca perdiéndose en la selva de pelo enmarañado, negro como la noche, que salía de los cauces y llenaba la frente de flequillo azabache. Margarita García. “la arañita peluda” le decía los chicos, y ella se enfurecía.
   Se sentaba adelante de Alejandra, que aprovechaba la nube renegrida de motas para pasarle papelitos a Juancho, un muchachito alto que siempre estaba en babia.
   Margarita García, “la arañita”… Usted dirá: -¿qué tiene de importante ese nombre , si ahí nomás, los García llenan todos los barrios?-…Sí, pero no se apure, deje que se lo cuente.
   Una mañana de esas que llueve hasta los ojos y retumban los truenos como gritos de brujos, dieron las ocho y nada, no había llegado nadie. La escuela parecía hundirse entre la lluvia, el camino era un plato de chocolate blando y ni un chico asomaba por ninguna vereda.
   Como a las ocho y cuarto, aparece la nena con el pelo empapado, chorreándole en la cara, y pregunta si hay clases, y le contesto –claro-. Y se sienta en el banco que parece más seco, esquivando goteras que caen como sapos.
   Como estábamos solas, le pregunto y me cuenta: que tiene seis hermanos, que la madre trabaja de enfermera de noche y que plancha para algunas patronas. Que el padre estuvo preso pero ahora es sereno y duerme todo el día porque llega borracho. Que el hermano más grande anda siempre en la esquina y le pega a la madre para sacarle plata, y que ella tiene miedo de que otra noche de esas, cuando todos se duerman, se le meta en la cama y… Baja los ojos negros como dos golondrinas y se queda callada.
   Margarita García tiene ojitos de laucha. Se le gastó la infancia antes de que empezara, y le crecen fantasmas en el cuerpo de niña que no tiene esperanzas.
   Por eso, cuando supe que vinieron anoche, que cuatro patrulleros entraron a “La Cava”, que rodearon la esquina de la casa de ella y que se la llevaron, sin preguntarle nada…¿qué quiere que le diga?, yo supe que “arañita”, la del pelo madeja de virulana negra, la del flequillo largo tapándole la cara; Margarita García, apodada “la araña”, había perdido el rumbo cualquier tarde de esas, y había pagado el precio que pagan los que pagan.

domingo, 3 de febrero de 2013

Los hijos de la basura





   La basura no siempre está embolsada en las esquinas de los barrios o cargada en los carritos de los cartoneros, apilada sin orden en los baldíos o pudriéndose en las quemas de las afueras. La basura anda de traje, saluda a periodistas desde los noticieros, se codea en las altas esferas con basura.
   Basura en los papeles de los juicios comprados; basura en los acuerdos entre puertas cerradas. Sí, basura. Vivimos en la propia basura, sobreviviendo por milagro o asfixiándonos adentro de la impecable bolsita de nylon del sistema, bien atadita para que no entre aire.
   Somos los hijos de la basura:Prolijitos, superficiales, violentos, sanguinarios, seguimos consumiendo basura porque nos han enseñado bien, porque desde hace muchos años que comemos lo mismo.
  Basura y más basura atragantándonos cada día, cada hora, cada minuto: VIolencia, drogas, injusticia, miseria, pornografía, barras bravas, delincuencia. Basura y más basura.
   De la pila de mugre en la que estamos puestos, alguien, de vez en cuando, retira un pedacito y escribe titulares en todos los diarios, para que nadie olvide nuestra herencia de barro, el pequeño incidente de vernos inmundicia para que nos convenzamos de que todo está perdido.
   Pero, lo que no saben aquellos poderosos que hacen de la basura nuestro alimento diario es que, en la basura, florecen girasoles, y dan la vuelta siempre para mirar el cielo y buscar el calor del sol que los enciende, para parir semillas con un destino propio.
 Y serán girasoles a pesar de la mugre. ¡Y serán girasoles!

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