lunes, 23 de mayo de 2011

Lecturas.

   Cuánta bruta impiedad! Cada palabra llega como el filo oxidado del  vidrio de una ventana que da a ninguna parte. Tal vez, acaso, digo, me llega como una catarata de adioses, de penumbras regodeándose en lo único de mi luz. Duele escuchar ese latido, ese jadeo sanguinolento; y el espacio en blanco dejando sólo mi palabra para mí.
   Abrí el libro como otras veces. Pero no era otras veces. No era yo otras veces ni nunca la poesía había sido otra vez. Se sacudió mi oasis. Mi desvoz se llenó de reproches. Me dolió tu ternura y tus perros como duelen las cosas inconfesables; dolió el amor, la soledad, la infancia. Duelo yo, porque encendida como una palabra sé que estoy haciendo un silencio que huele a crisantemo blanco, a morirme y no. Y entonces pido gancho, sé, supe, sabía, que en alguna ternura cabría el regreso a la emoción del poema, envuelto en papelitos, como los caramelos.  

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