jueves, 14 de octubre de 2010

Las últimas palabras

   Desenrolló sus largos pies enfundados en mariposas azules y se arrellanó en la cama.
   -No es tarde- me dijo con la voz imprevisible de sábado a la noche. -Sólo apaga la luz.
   Confieso que me dio miedo. Siempre era así.
   Ahí estaba yo, temiendo como un pusilánime ante cualquier atisbo de irracionalidad que pudiera poner en tela de juicio mis irremediables convicciones humanas.
   -¡Vamos!- insistió.
   Mi mano se acercó al interruptor con la diligencia de un esclavo.

    Amaneció en el preciso instante en que la luna espuntaba en el horizonte.  Por cuestión de segundos, el sol le ganó de mano.
   Ella había desempolvado sus hombros antes de abrazarme. Así y todo, mi pecho estaba cubierto de una fina capa de polen iridiscente que brillaba con los resplandores que se filtraban a través de la celosía.
   -Hace frío- musitó.
 
    Nunca había sido más enero. El verano estaba pleno cuando ella dijo: frío. Redondo en el calendario que colgaba de la puerta del placard, un 23 de enero y las moscas en la parra del patio y la sombra recortada por la copa del fresno se volvieron invierno de repente. Los pájaros emigraron como si nunca hubieran tenido paradero.
   -Tengo sed.

   La lluvia llegó de pronto. En realidad no llegó. Estuvo siempre ahí, porque se empezaron a escuchar los repiques sobre el techo un instante después, y yo supe que inevitablemente llovería para siempre jamás si ella se quedaba callada.
   Aparté con mi mano una hebra de su pelo que había quedado sobre la cobija.
   No quería despertarla, pero estaba esperando que hablara. De otro modo la lluvia no dejaría de caer. No quería mirarla. Tenía miedo de mirarla.
   Se estiró debajo de las sábanas como una serpiente dormida. Hundió su cara en la almohada y apoyó su mano helada sobre mi espalda.
   -Te quiero- dijo.

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