miércoles, 13 de octubre de 2010

Cómo diré

   ¿Cómo no decir descielo
derrumbe repentino
en la frente detenida
     de mi mano indecisa?

  ¿Cómo no matar pájaros
sin ninguna imprudencia
      con la misma crueldad
                  que los relojes?

¿Cómo detener este día
       en cada calendario
con una seña de
             inocencia?

¿Cómo diré siempre
si   a veces          
             quizá                 tal vez
  es ahora
sin que yo me de cuenta?

Ayer y Hoy

  
 ¡Qué se yo!, a uno le quedan cosas pendientes, recuerdos colgados como espejos en la pared de la memoria; banderitas sacudiéndose en los desfiles de los recuerdos; barriletes subidos al cielo de los baldíos, cuando los barrios eran el mundo de cada uno.
   Después crecemos, cruzamos la General Paz y, del otro lado, nos quedan retazos de historias chiquitas que uno desempolva de vez en cuando, sólo cuando puede mirar hacia atrás sin que se le haga un nudo en la garganta o se le pongan los ojos encharcados.  Ese es el momento en que nos damos cuenta qué es el ayer. Y nos sentimos con ganas de volver a recorrer la plaza de la infancia para saber si sigue teniendo la calesita, o el subibaja pintado de amarillo, o si un supermercado le cambió el perfil.
   A uno le da un poco de pudor hacerse la escapada al pasado pero cuando llega, comprende que seguimos siendo los mismos hijos de inmigrantes, los mismos pibes crecidos a sopapos, los mismos que un día se fueron del barrio, y hoy andan con unas ganas locas de jugar un picadito en el baldío de la 9 de Julio.

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