miércoles, 29 de septiembre de 2010

Loca (Milonga)


Como una copa verde en tu ojera de pánico
te creció en la mirada el paisaje del bajo.
La milonga, encendiendo tu linaje de rea
y el cuerpo, amontonado en la enagua de raso.

El tango te hizo el verso, una noche cualquiera
y te fuiste, de loca, a amarlo por dos mangos.

En ningún rascacielo se enredó tu memoria,
porque tu cielo andaba tendido sobre un catre
hasta que un día el tango te preñó de autopista
y hoy te crecen los barrios, como hijos bastardos.

La memoria en la espalda y el ojal de la bruma,
creciendo en los postigos de las ventanas de otra.
La ranura del sueño inmensamente largo,
recostado en la esquina de tu hambre de milonga.

El tango te hizo el verso, una noche cualquiera
y te fuiste, de rea, a amarlo por dos mangos.

Loca, cansada como un pájaro mordido por los perros,
vas enterrando el alma para morir de a poco.
Y te cruzan los puentes del olvido, a lo largo,
para que no te embarren las calles de La Boca.

Loca. Virgen de meretrices.
Vecina de los  ángeles desnudos de los catres.
Fuiste una carcajada caliente entre las piernas,
una ojera morada sosteniendo tu cara,
alguna canzoneta ahogada entre los dientes
y la promesa paica, sin ninguna palabra.

Andate, gringa rea,
antes que la autopista
te derrumbe los patios.
Andá  a buscar ahora
la piel que se te escapa.
Trepate a la llovizna
 incesante del tiempo
y escupile a la vida,
que te dejó plantada.                     

Memoria de pájaro

Había una vez un pájaro que perdía la memoria. Aquellos cielos imperiosos que reconocía como en una bitácora se le desdibujaban de repente y, tan pronto la brisa le empinaba las alas, allá  iba él, siguiendo la ruta de la desmemoria, hasta desplomarse en la copa húmeda de un lirio silvestre o en la sábana susurrante de los alfalfares.
Tenía alas vigorosas. Torcía el timón del aire con la fuerza de una gaviota y podía aventurarse en una caída libre con la decisión de un halcón. Guardaba el mapa celeste de las distancias y las nubes en sus ojos de pájaro pero, cuando le sucedía el abismo del olvido, naufragaba en el viento, encallaba en la copa bailarina de los  álamos o en el espejo blando de una fuente.

Aquel día, cuando el reloj del cielo atrasó media hora y la lluvia se desató como un nudo de agua, la memoria lo miraba de lejos y no pudo recordar cómo volar.
Las ramas se desovillaban y, lentamente, se iban destejiendo las hojas en el quehacer del viento; la lluvia sacudía la tierra, y cada trueno, arrinconaba nubes en otro paradero para prenderles fuego.
Intentó atravesar las alas como espinas emplumadas y agitar el aliento para poner blando el pecho; sacudió el horizonte que tenía entre los ojos y sintió cómo se le escapaba la brisa entre las plumas.
Supo, entonces, que jamás volvería a volar. Recordó en un instante todos los cielos, los verdes planisferios de los campos sembrados, el color del crepúsculo encima de los sauces, y se dejó caer.

Cuando el cielo espejó su cabellera en la moneda ardiente de un sol indetenible, y los charcos estrenaron el cuerpo de las nubes empeñosamente blancas, el índice del viento recogió el cadáver emplumado de aquella desmemoria y nombró la décima pregunta con el nombre de un pájaro.

Primavera

Viene de apoco.
Se desata en los arrabales
                de los árboles
               con el destino de hembra
                                        entre las piernas.
Camina descalza
             sobre el último rastro  de la escarcha
hasta que un día     se detiene
                                 en la irremediable medianía
                                 de setiembre.
Lo abraza    como a otra ventana abandonada
  y le descuelga un arsenal
                              de pájaros en celo.
en medio de los ojos.


Acerca de la Esperanza


Como una princesa sin carroza, sin cochero ni calabaza. Como una escalera sin zapatito de cristal, perdido en el apuro. Sin campanas que den las doce antes de tiempo.
Mentira las trompetas y los trajes de estrellas salidos de ceniza.
Sólo está la intemperie. La íntima vigilia de los ojos cansados de mirar el camino para no equivocarse. Apenas esa luz a lo lejos, faro de los perdidos, resistiendo la bruma.

La vida es una frágil presencia del abrazo. Un instante de miedo, de mirar sobre el hombro. Y después la paciencia.
Días, catedrales, holocaustos mirados de reojo, exilios sin dejar domicilio a los amigos, muertes que sucedieron sin ir a los entierros.
Paciencia, sí.

Otros dicen resignación. Yo digo paciencia. Excusa para esperar  –no con ilusión sino con esperanza- hasta más adelante, hasta otro día.
Tozuda y perseverante paciencia.
Otros dicen desesperanza. Mienten. Esos son los que mienten. Los únicos y verdaderos impacientes desesperanzados.

Evita, sesenta años no es nada.


Llovizna. La humedad detenía al frío y lo pegoteaba contra los vidrios, tan empañados que apenas si se divisaban las luces de la calle. Sobre el aparador de  la cocina, la radio CONDAL con el ojito verde, sintonizada en  Radio Belgrano, sacudía el ruido de las ollas con un tango de D´Arienzo, y amenizaba la transmisión con los espacios de publicidad del momento: "Proteja su salud de fumador con boquillas CRISOL" o "Estufas SAETA a kerosene, económicas, brindan calor a voluntad".
 Eran los tiempos de la gomina BRANCATO, del jabón LE SANCY de Dubarri, de la Colonia Rusa DE PREAL. La mujer elegante se vestía en TIENDAS LA PIEDAD y soñaba con hacerse una permanente coronita en la Peluquería LA ESMERALDA.
Mi mamá cocinaba en la cocina FAVORITA una sopa de letras, y no tenía sueños más audaces que una máquina de coser igual a la que la FUNDACION le había regalado a Doña María. Mi mamá no podía soñar más porque apenas si tenía veintipico de años, apenas si había votado por primera vez hacía unos meses, apenas si se acostumbraba a sentirse diferente en esta nueva condición de mujer que pujaba por romper las barreras de las clases, arrasar con todo resabio de machismo y establecer su frontera en el lugar exacto de sus sueños.
  
 Era Julio de 1952. Ese invierno había llegado temprano encaramado en Mayo, como trepado a un árbol para robarle fruta. Llovía. Este era un día de lluvia.
Me acuerdo de ese día. 26 de Julio, a las 20.25.
Mamá, que estaba revolviendo la sopa de letras, se agarró la cabeza. Apagó el fuego y se apoyó contra el aparador que tenía la radio encendida. Subió el volumen mientras nos pedía que nos calláramos la boca -"la Señora EVA PERON ha pasado a la inmortalidad"- decía la voz de la radio. Yo no entendía lo que pasaba, no sabía qué era la inmortalidad, pero veía que mi mamá lloraba. Lloraba, sí. Le caía un juguito de los ojos que sabía que era salado, porque yo ya sabía qué era llorar.
Durante mucho tiempo no supe por qué mi mamá lloró esa noche, hace casi sesenta años. Al principio, creí que era porque pensaba que nunca iba a tener la máquina de coser SINGER que tanto anhelaba.  Después, cuando comprendí un poco más, pensé que lloraba por ella misma, por ese sueño que había terminado demasiado pronto, tan pronto como para seguir siendo un sueño. Porque los sueños son primero una esperanza, y después, la nostalgia de haberlos soñado.          
 
Nunca me atreví a preguntarle por qué había llorado aquel 26 de Julio, pero hoy la comprendo como si fuera yo misma la que cocina la sopa de letras en la cocina FAVORITA, mientras mis hijos miran por cable cómo dos de las torres más altas del mundo se derrumban, como castillos de naipes. 
                                                                           

Carta a una mujer

   Detrás del muro, una mujer, distante siempre,  a pesar de haberse desvestido de secretos hace ya muchos siglos para todo aquel que la convoque desnuda; una mujer, digo yo misma, te saluda desde la vereda en donde los desconocidos se saludan como viejos amigos.
   Me arrogo el derecho de sentirme destinataria de todos los recuerdos porque, en este mismo instante, siento que puedo ser aquella de los sueños inevitablemente rotos, esta que barre la vereda con el abismo del devenir entre los ojos, esa otra que arremete contra el calendario construyendo terrazas para el día de mañana o la que deambula por el insomnio con cuatro palabras pendientes para escribir en el espejo. Esa soy, todas y una.
   Y acomodo vertiginosamente papeles en la agenda, y busco en los cajones la brújula perdida, como si adivinara que algún navegante me enamoró en otro puerto y me dejó el pañuelo sudado escondido entre  relojes detenidos. También muerdo la fruta con ese apetito de cielos jugosos que, en la infancia, siempre estaban en los árboles más altos; y sé que en este momento la mirada se me pone oblicua como si pudiese ver más allá,  y de pronto el mundo se me avecina como un mapa, y cada continente es una mano irremediable separada por agua.
   A veces, también camino por tu misma calle, por la calle por donde caminan todos. Y sin embargo, mi pie pisa con otra certidumbre.
   Cada  pisada lleva la memoria de las madres inmemoriales que defendieron hijos, que plantaron la tierra, que amasaron la harina, que pelearon para ser nombradas con su propio nombre, para ser elegidas y únicas y diferentes. Para llevar un pañuelo blanco en la cabeza coronando la memoria y la lealtad. Para estrenar la piel en cualquier abrazo y sentir, de pronto, que el amor es para siempre. Para envejecer con la dignidad de los que envejecen por no haberse dado por vencidos.
   Otras veces soy, simplemente, la otra que me mira en el espejo.
   Y entonces me acuerdo de mi abuela inmigrante, de Eva hambrienta frente a una manzana, de la mejilla magullada, de la virginidad violada entre alaridos, de las madres solas que apechugan el miedo en nombre de los hijos. Y de las que corren por el tiempo de otros; y de las que se detienen; y de las que se dan por vencidas; y de las vencidas.
   Pero me queda corazón para emocionarme ante una palabra cuando llega blanca como una caricia. Esa que me homenajea por ser una de tantas, la única, la irrepetible, la misma. Todas.

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